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jueves, 19 de diciembre de 2013

Gaisma 3

Se había quedado profundamente dormida. Luz la miraba. Sus ojos cerrados y su fina tez parecían relajados. Parecía un sueño hermoso. ¿Que estaría soñando? No lo sabía pero podía imaginárselo. Tal vez estuviera reviviendo  recuerdos de su vida en ese lugar, antes de que la expulsaran.
En efecto, se trataba justo de eso. Gaisma se encontraba de pie ante su casa en medio de un prado, su prado, lleno de flores de diversos colores y de miles de recuerdos de tardes enteras rebozándose y rodando por él.
Su casa, aunque no muy grande y lujosa, si íntima y acogedora. Con sus ventanas abiertas de par en par, sus muros de piedra tallada delicadamente, su poyo blanco al lado de la puerta de madera,  su tejado de también del mismo material que la puerta.
Su ropa tampoco era diferente. Seguía llevando la misma túnica azul cielo con un cordón dorado adornándola, no ciñendoselo al cuerpo ya que, como ella decía, "no hay nada más comodo que la ropa suelta". Iba descalza. ¿De qué le servían los zapatos si aquella hierba siempre estaba suave y, salvo una sola vez, no recordaba haberse raspado sus delicados pies.
Pero había algo en aquel maravilloso sueño que no marchaba: ¿Por qué no entraba dentro? ¿A qué  esperaba? ¿ A que se despertara? ¿A que el sueño terminase?
Cuando iba a echar a andar, una voz sonó tras ella.
-Veo que has tenido valor para volver. Niña valiente ¿o tal vez demasiado tonta ?- después, mientras Gaisma se daba la vuelta, soltó una carcajada.
-No podrás hacerme daño esta vez. No estoy sola-respondió valientemente la niña.
-La otra vez tampoco creías estarlo y ya sabes lo que pasó. Abandona esta tierra. Ya no puedes hacer nada. Este ya no es tu sitio.
-¡No pienso marcharme!-gritó Gaisma intentando intimidar a la figura amenazante que se erguía ante ella. No sirvió de nada, la figura no pensaba dejarse amenazar por una niña de diez años y seguía soltando carcajadas despectivas. Comenzó a dar vueltas alrededor de Gaisma, que se sentía cada vez más intimidada e incómoda. Las piernas empezaron a temblarle. ¿Por qué? En sus sueños no podría hacerla daño. ¿Verdad? ¿O tal vez si?
Eso era justo lo que la hacía preocuparse. No conocía el límite que podrían tener sus poderes.
-Dices no tener miedo. Entonces, ¿por qué tiemblas?-se paró tras ella. 
Gaisma cerró los ojos y mil imágenes volvieron a su cabeza. Aquella oscuridad, aquel lugar desierto, aislado, en medio de ninguna parte, junto a la nada y apartado de todo. Sin vegetación alguna, sin horizonte, sin sol, sin luna ni estrellas. Donde el único sonido que se escuchaba era el latido de un corazón condenado al olvido. Donde no había ni día ni noche, ni horas ni minutos. Donde sólo se  podía esperar a un final  que probablemente tampoco existiera. No quería volver allí, no quería abandonar su tierra, se negaba a rendirse sin luchar. Abrió los ojos.
- No puedes hacerme daño en mi mente-gritó Gaisma sin ni siquiera volverse.
-¿Y cómo puedes estar segura de que duermes?
-Porque ella estaba conmigo.
-Mientras estés aquí no estás segura en ningún sitio ni siquiera en tus sueños-seguía hablando desde su espalda. La niña intentó volverse. No pudo. Estaba paralizada.
-¡Date la vuelta!-ordenó Gaisma.
-¿Por qué no te la das tú?-respondió la otra sarcásticamente.
-Deshaz esto.
-En tus sueños no tengo poder, ¿no?-soltó una carcajada malvada.
Todo se volvió oscuro y ante Gaisma todo desapareció. Echó a correr intentando escapar del incómodo latir de su corazón. No podía más. Cayó de rodillas con un grito desesperado.
Luz miraba preocupada como Gaisma se retorcía y era recorrida por un sudor frío. No dejaba de gritar "no. no" y ya no sabía qué hacer. La movió suavemente `para despertarla. ¿Tan terrible sería su pesadilla que no podía escapar de ella? Por fin logró despertarla.
-Quiero salir de aquí-gritó la niña con el corazón en la mano cuando abrió los ojos. Por suerte, todo había sido una pesadilla.











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