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domingo, 14 de diciembre de 2014

LA COSTILLA DE EVA (parte 4)

             Alguien parece haberme escuchado y abre la puerta. Parece sorprendido pero no creo que lo esté más que yo. Aquel muchacho que me hizo tropezar me mira sin saber bien qué hacer. Sus ojos verdes observan el pasillo y, antes de que me dé cuenta, entra conmigo y cierra la puerta.
            —¿Qué estás haciendo?—le digo. Él no responde y parece temerme. ¿Entonces por qué se ha encerrado conmigo?—No te haré daño. Me llamo Ettie.
            —Pues ya podías cambiarte el nombre por el de inútil—me responde—.Todo iba muy bien hasta que te interpusiste en mi camino.
            Me equivoqué. No me teme y, tras echar un vistazo a su harapienta indumentaria comprendo por qué. Una espada de plata cuelga de lo que parece ser un cinturón y su empuñadura está agarrada con fuerza a la mano del chico. La hoja tiene algunas gotas de sangre lo que hace que me pregunte si querrá matarme. Lo dudo. Otea la habitación en penumbras en busca de una vía de escape y, cuando encuentra la ventana, sus ojos verdes se iluminan, con un brillo salvaje en la mirada.
             —¿El qué iba bien?—le pregunto.
         —No te lo diré. Jamás descubriréis dónde nos escondemos. Siento decepcionarte, pero no somos tan tontos como nos creéis—me dice y, al escuchar unos pisadas en el pasillo, se desliza por la ventana.
            —Yo no lo creo—contesto, demasiado tarde.
            La puerta se abre y aparece Cassandra. Al ver que estoy tirada en el suelo, me ayuda a levantarme. Mientras vamos con las demás, le digo que me he roto la muñeca y que no podré realizar el ritual. Ella sonríe, aunque yo no le veo la gracia, y me acompaña de nuevo con mi abuela que, en cuanto me siento, me da una bofetada que hace que se me salten las lágrimas, pero en comparación con el dolor que siento en mi brazo derecho, eso apenas podría considerarse una caricia.
            —Dice que está rota—comenta Cassandra.
            Iara se acerca y empieza a palpar el brazo. Quiero gritar, que se aparte y deje de hacerme sufrir. La muñeca me arde y no puedo soportar el dolor. Miro a mi abuela, que da pequeños golpes en el suelo con el pie, impaciente. Sé que si grito se me escuchará  desde la arena y no quiero que nadie me oiga, no les importa mi dolor y prefiero ahorrarme los comentarios que circularían sobre mí por toda Sermaye y, posiblemente, más allá de las montañas si lo hiciera. «Una futura miembro del Consejo que se ha dejado vencer por un vulgar yasak». No, eso no pasará. Me muerdo el labio y ahogo los sonidos. Continuo así hasta que termina de reconocer el daño. No parece muy preocupada y dice que no hay fractura. «¡Genial! Todo esto no ha servido para nada», pienso.
            Antes de que me dé cuenta, me encuentro en las escaleras de la tribuna aguardando, con una espada todavía en su vaina que espera con impaciencia el momento en que se vea hundida en la piel de un hombre. Al escuchar mi nombre, siento un mareo y hago grandes esfuerzos para no caerme escaleras abajo, otra vez. Tengo ganas de correr en dirección contraria, y salir de toda esta locura. Contengo ese impulso de desafiar al Consejo por un tiempo y llego a la arena. Las pequeñas piedras se me cuelan en las sandalias y arañan mis pies. La sociedad quiere vencer y, como se están desarrollando los hechos, me temo que terminará haciéndolo. Me sitúo en el centro del círculo y hago el saludo que acostumbran a realizar las que harán el sacrificio. No estoy segura de  haberlo efectuado bien, pues levantar el brazo derecho me ha supuesto un gran esfuerzo pese al vendaje de la curandera.
            Cuando se abre la puerta que tengo a mi espalda y aparecen las dos guardias que acompañan a mi víctima encadenada, todos mis músculos se ponen en tensión y vuelvo a sentir un mareo. Las guardianas lo arrojan de rodillas a mis plantas y se apartan. Él no reacciona, apenas le escucho respirar. Empiezo a pensar que está muerto, pero descarto la idea al escuchar un lamento que no alcanzo a entender. Trago saliva y dirijo la vista a mi abuela, que vigila de cerca mis movimientos con los brazos cruzados, esperando a que dé un traspié.
            —No quiero hacerlo—susurro al reo mientras dirijo la mano a la empuñadura.
            —Pues no lo hagas—responde a media voz.
            Se me rompe el alma al escucharlo hablar y ver su rostro agachado, que suplica en silencio que rompa las cadenas y lo deje libre.
            Alza la cabeza y sus ojos azules se clavan en mí, en el medallón que llevo al cuello. Mi mano tiembla mientras me esfuerzo para sacar la espada de la vaina y la levanto para descargarla sobre su cuello. Dos grandes lágrimas se deslizan por sus mejillas y su boca parece temblar mientras oigo como de ella sale una única palabra: «Hija». El mundo se detiene y el arma cae al suelo con gran estrépito.


CONTINUARÁ...

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  • Crónicas de la Torre, la maldición del Maestro. Laura Gallego
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  • Cuatro muertes para Lidia. Enrique Páez
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